lunes, 29 de agosto de 2016

EL ENAJENADO Y SU TELEFONO

Muy tanquilamente,
como un ángel enfermo, el sublime con su mano corroida y pedigüeña, creyendo ser un pianista de otro siglo, tal como si el mundo estuviera hecho a su medida,
pulsiona impacientemente, apresuradamente con decisión de diversion revolucionaria, el botón del teléfono, del poema.

Es como si el dolor y la agonía de toda esa presión de su libido
fuera un canto narcisista, de su optica alucinada
y los hombres estuvieran continuamente analizados y medidos por el señor y su ansiedad en fuga, que huye de su delirio, y se divierte.

Ya todos los fieles enorgulleciéndose de su estilo inglés,
el señor y su vagancia están corriendo por los pasillos, predispuestos a la madre y al chupete.

Ya los muertos extranjeros, niños, madres y familias, su paranoia, mientras él corre alegre por los metros, miedoso, pulsionando sus botones,
cantando los himnos, y señalando a un niño de cinco años, culpable de hacer mala cara, con sus manos delicadas, de pianista, no cabe la menor duda, ordena matar,
huye de su paranoia.

Y el señor con todo el acompañaminto militar, en fuga, los pone en marcha hacia el corral, donde está el peligro, y disfruta usando todos los métodos, disfruta.

Ya con el dinero en el bolsillo de su enorme chaqueta moderna
comparten el cóctel disfrazados,
y se hacen las fotos con sus manos asquerosas aprecian el cristal de las copas, y se embriagan, se embriagan.

Y ya todas las armas ocultas, es decir, todo lo que no ocurrió, se hacen héroes unos con otros, predispuestas a varias generaciones de mentiras, y el señor rie, y ya todos ríen sobretodo los tocinos,
que quieren tener hijos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario