EL ENAJENADO Y SU TELEFONO
Muy tanquilamente,
como un
ángel enfermo, el sublime con su mano corroida y pedigüeña, creyendo ser
un pianista de otro siglo, tal como si el mundo estuviera hecho a su
medida,
pulsiona impacientemente, apresuradamente con decisión de diversion revolucionaria, el botón del teléfono, del poema.
Es como si el dolor y la agonía de toda esa presión de su libido
fuera un canto narcisista, de su optica alucinada
y los hombres estuvieran continuamente analizados y medidos por el señor y su ansiedad en fuga, que huye de su delirio, y se divierte.
Ya todos los fieles enorgulleciéndose de su estilo inglés,
el señor y su vagancia están corriendo por los pasillos, predispuestos a la madre y al chupete.
Ya
los muertos extranjeros, niños, madres y familias, su paranoia,
mientras él corre alegre por los metros, miedoso, pulsionando sus
botones,
cantando los himnos, y señalando a un niño de cinco
años, culpable de hacer mala cara, con sus manos delicadas, de pianista,
no cabe la menor duda, ordena matar,
huye de su paranoia.
Y
el señor con todo el acompañaminto militar, en fuga, los pone en marcha
hacia el corral, donde está el peligro, y disfruta usando todos los
métodos, disfruta.
Ya con el dinero en el bolsillo de su enorme chaqueta moderna
comparten el cóctel disfrazados,
y se hacen las fotos con sus manos asquerosas aprecian el cristal de las copas, y se embriagan, se embriagan.
Y
ya todas las armas ocultas, es decir, todo lo que no ocurrió, se hacen
héroes unos con otros, predispuestas a varias generaciones de mentiras, y
el señor rie, y ya todos ríen sobretodo los tocinos,
que quieren tener hijos.
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