LA UTOPIA DE LA CURA
Desde la utopía de la cura
Desde la esperanza del beneplácito, de la redención,
Desde la sumisión al alivio,
una cadena rígida estira del conjunto de mis tribulaciones y sentidos, desmembrando cada parte minúscula de mis figuraciones
Una cadena firme en su absurdo,
disfrazada de consuelo, de remedio,
inmovilizándome la sangre hasta la descomposición, alterándome
y exponiéndome ante la mirada ajena, ante la sonrisa impropia,
que cercena mis pequeñas libertades, mi recóndita sucesión de procesos introspectivos.
Una cadena que estira con ímpetu
y que reside su origen en las instituciones,
desde el hombre aquel uniformado de blanco que pone orden
con sus inyecciones, pastillas y camisas de fuerza
y que estructura diferencias internando, etiquetando, anulando,
con la soberbia del que prueba
Sabiendo que a ninguno le queda nombre
Una cadena putrefacta en los Estados
Entre la neurologia y sus Economias
en la que se acentúa el dolor, marcado como eterno
por el desconocimiento de la ciencia
y sus soluciones inmediatas que complacen al sistema
Grilletes
que no cambiarán nada en este enfermo tragico
semejante a los enfermos del siglo XIX
momias despersonalizadas, deshumanizados, castigados
Dependientes de saberes
que con los mismos metodos represivos de siempre
emergen del desconocimiento
Una cadena tambien
desde la mentira de la salvación beata, o la tradición social etica,
que es algo que arraiga en el inconsciente colectivo
como un silencio, o como aquella comunion tardía, que nunca llega,
o una prematura muerte,
y está en la verdad de los más allegados también
que forjaron la cadena sucia
pensando que era de tierra o de papel, de alguna materia sin importancia
Desde la mentira del cuidado y para ver como florece
La neurosis obsesiva o novedades
de la lirica.
martes, 6 de septiembre de 2016
sábado, 3 de septiembre de 2016
LA BICICLETA
Era una bicicleta marca BH, modelo verde y pequeña con ruedas grandes,
cuando era niño,
y la luna que se empezaba a dibujar, calida, y el sonido de su misterio nocturno
tambien en el timbre, el trance de existir y su ocaso, sol crepuscular y luna que ya reflejaba nuestros deseos
de la tarde y el polvo, del polvo y la conciencia infantil,
e intentaba pedalear rápido y no perder el equilibrio,
con mi camiseta blanca, entre cielos expresionistas
y miradas poeticas que nos regalabamos unos sobre otros
en esas plazas
después, un descanso y una foto con el cigarrillo en la boca
y el permiso de los del poder de decidir y los aplausos
y las golosinas, la cabeza pensativa,
todo eso que se me escapaba por momentos, ya la luna translucia
asesinando al aire, después de la diversión y los ademanes infantiles
que tanto envidio y añoro, con algo de melancolia
Estrellarse con los arboles, la cabeza en el cielo
y el aliento en los abismos del mañana, azorarse impulsivo para atreverse con todo y revolverse competitivo figurando ser un deportista entre laurel,
aún sabiendo del tiempo y de la nada
con afán de enaltecer la vida que tantas palabras optimistas requiere,
que vuela por segundos o menos que eso,
con un vago recuerdo de higos, campos lejanos, juegos infantiles de otros dias,
del suelo al árbol, del marrón al verde, del verde al azul del cielo, asi jugabamos,
tal vez una diversión precaria o una pregunta de un niño
sin respuesta, eso, tal vez una pregunta que no renuncia,
aún sabiendo de la falta de fin, en esa multitud de fines insondables,
del triunfo, del aburrimiento, dependendencias adolescentes,
del crecimiento,
del conflicto, del conflicto con los reflejos, con lo social, con los adultos,
con la cultura que tambien te aliena,
del asco y el futuro incierto de las respuestas entre muchedumbres huerfanas
en barrios deprimidos,
pedaleando, sudando con placer, sin abominar del calor alcanzo
los fines innecesarios, fines que no resuelven lo inmediato,
derrochando entre nubes y sueños desertores de su conciencia,
sin saber que pronto será la hora del trabajo y su desesperacion, desasosiego histerico por las mejillas y la cabeza baja de algunos vecinos, que se escondieran el rostro,
tal vez mañana,
del dinero sucio que estropea a los sanos, del dinero que te destruye como si tu vida fuera un melodrama moderno,
que hacer con su basura pestilente, sus desechos y restos para esperanzados y religiosos candidos,
sus excesos y sus servicios sociales para niños,
para enfermos, un sistema politico neodemocratico
que construye ciudades
que parecen hospitales saturados, y sus intrusismos y condiciones
consideradas y por lo tanto éticas, esperando que algun otro te financie,
condescendientes,
entre miradas de sorpresa de las personas, a los que no se ajusta,
y que descansa en las plazas con sus arboles y fuentes viejas
de agua parecida al rocio cuando llueve,
yo intentaba no caer, iba encima de la bicicleta y su técnica rudimentaria,
pedaleando con fuerza, rápido,
caigo otra vez,
sin pronunciar palabras, sin parecer ningun Moises,
por desconocimiento y osadia, por ignorancia de los lenguajes y proselitismos y sin pedir conmiseracion, y como si el cielo fuera a caer sobre nosotros,
en un ejercicio voluntario (el de aprender a pedalear por ejemplo), de aquellos
que en la madurez no se repiten, acontecimiento improductivo,
el conocimiento por el conocimiento, tal vez el poder hacer algo, sin yo saberlo,
ejercicio sano, sin molestias, como el de los arboles,
que crecen fuertes y apuntan al infinito,
Esquivando las baldosas carcomidas del suelo, envejecidas por su uso como ese abuelo que transita que esconde su angustia y su soledad,
haciendo girar el volante,
correr como lo inmenso,
y sin embargo ser diferente, oscuro,
con los demás niños exaltados por el color de la noche a llegar que se presiente, y significando poeticamente con otras familias vanidosas que simulan ser hogares estructurados y devolviendo al cielo la posibilidad de vivir en sus conmmociones,
en el espacio donde estabamos todos con nuestros delirios de grandeza,
toda una legislacion diferente para pobres
enajenándonos los unos a los otros, y nuestras diferencias en intereses,
desconocimiento e imposbilidad de acercarse unos y otros, construyendo
tejados de papel y segregacion por grupos y clases,
plazas y mercados donde se sufre también como cuando no habia nada que desayunar,
como en aquella predicción falsa, prevision de marginalidad alienante, con los niños
que al parecer sabían mas de razas y colores,
para sus sadismos sin importancia,
El sudor por la frente y como el maullar de los gatos buscar curso para ver
la plazoleta ardiendo de gente, los padres de los demás sonrientes,
y la abuela que parecía joven, sus mejillas blancas
perdían su color de nácar y volvían con prisas al rojo,
nos habíamos olvidado todos ya
de la asistenta social, del dinero y los dolores,
bajo la norma de esas esteticas nuevas del dia a dia,
yo no sabía nada de oficios pero si de esfuerzos, yo veía pasar gente que se sonreia,
la abuela adelantaba una pierna para volver sobre nosotros con una sonrisa cualquiera, entre el amarillo del sol de la tarde,
después del descanso, era inmensamente feliz
y yo escuchaba y seguía mi tejemaneje pedaleando,
el bullicio rondaba y el sol lucía colores mate y alegres,
pedaleando miraba hacia arriba como en aquel cuadro de Miró,
el niño y el perro, el niño y el sol, la comunión, el amor,
hacia el rojo y el círculo, cuando niño,
sin saber, marca BH,
mi bicicleta,
y pedaleaba, y caía al suelo, a la arena inmobil, sobre tierra nuestra, la mejilla marcada,
insistiendo en apretar los dientes, insensatamente,
y levantarme y volver a intentarlo,
yo el niño, el niño con heridas,
y allí estaba la mama: ¡levanta, ánimo, esperanza nuestra!,
acababa de salir de la cárcel la mama,
yo no me imaginaba ese estado vertiginoso,
no conocia esas sombras, esas crueldades, miraba a los niños,
me parecía que los demás sí sabían de bicicletas,
y volver a caer, y levantarse, sin saber que este movimiento
iba a ser eterno, un juego del sino de la vida, de la vida que no se repite,
tal vez, sin yo saberlo,
como se repite ese preciso movimiento, del caer, del levantarse,
del haber perdido ya algo,
yo no sabía nada, esa familia,
en esa ciudad de cemento y entre tanto grito y agravio, en esos poemas introspectivos que nacian
entre alucinaciones celestes,
yo pedaleaba, no veía las llamas de fuego,
cayendo como una bestia, como un animal que sueña
tal vez como un niño,
sin yo saberlo, entre miradas desconocidas y entusiastas
de aquella tarde incomprendida, entre momentos
de descaro y de placidez, de las madres y las abuelas,
Al final aprendes,
al final pedaleas.
Era una bicicleta marca BH, modelo verde y pequeña con ruedas grandes,
cuando era niño,
y la luna que se empezaba a dibujar, calida, y el sonido de su misterio nocturno
tambien en el timbre, el trance de existir y su ocaso, sol crepuscular y luna que ya reflejaba nuestros deseos
de la tarde y el polvo, del polvo y la conciencia infantil,
e intentaba pedalear rápido y no perder el equilibrio,
con mi camiseta blanca, entre cielos expresionistas
y miradas poeticas que nos regalabamos unos sobre otros
en esas plazas
después, un descanso y una foto con el cigarrillo en la boca
y el permiso de los del poder de decidir y los aplausos
y las golosinas, la cabeza pensativa,
todo eso que se me escapaba por momentos, ya la luna translucia
asesinando al aire, después de la diversión y los ademanes infantiles
que tanto envidio y añoro, con algo de melancolia
Estrellarse con los arboles, la cabeza en el cielo
y el aliento en los abismos del mañana, azorarse impulsivo para atreverse con todo y revolverse competitivo figurando ser un deportista entre laurel,
aún sabiendo del tiempo y de la nada
con afán de enaltecer la vida que tantas palabras optimistas requiere,
que vuela por segundos o menos que eso,
con un vago recuerdo de higos, campos lejanos, juegos infantiles de otros dias,
del suelo al árbol, del marrón al verde, del verde al azul del cielo, asi jugabamos,
tal vez una diversión precaria o una pregunta de un niño
sin respuesta, eso, tal vez una pregunta que no renuncia,
aún sabiendo de la falta de fin, en esa multitud de fines insondables,
del triunfo, del aburrimiento, dependendencias adolescentes,
del crecimiento,
del conflicto, del conflicto con los reflejos, con lo social, con los adultos,
con la cultura que tambien te aliena,
del asco y el futuro incierto de las respuestas entre muchedumbres huerfanas
en barrios deprimidos,
pedaleando, sudando con placer, sin abominar del calor alcanzo
los fines innecesarios, fines que no resuelven lo inmediato,
derrochando entre nubes y sueños desertores de su conciencia,
sin saber que pronto será la hora del trabajo y su desesperacion, desasosiego histerico por las mejillas y la cabeza baja de algunos vecinos, que se escondieran el rostro,
tal vez mañana,
del dinero sucio que estropea a los sanos, del dinero que te destruye como si tu vida fuera un melodrama moderno,
que hacer con su basura pestilente, sus desechos y restos para esperanzados y religiosos candidos,
sus excesos y sus servicios sociales para niños,
para enfermos, un sistema politico neodemocratico
que construye ciudades
que parecen hospitales saturados, y sus intrusismos y condiciones
consideradas y por lo tanto éticas, esperando que algun otro te financie,
condescendientes,
entre miradas de sorpresa de las personas, a los que no se ajusta,
y que descansa en las plazas con sus arboles y fuentes viejas
de agua parecida al rocio cuando llueve,
yo intentaba no caer, iba encima de la bicicleta y su técnica rudimentaria,
pedaleando con fuerza, rápido,
caigo otra vez,
sin pronunciar palabras, sin parecer ningun Moises,
por desconocimiento y osadia, por ignorancia de los lenguajes y proselitismos y sin pedir conmiseracion, y como si el cielo fuera a caer sobre nosotros,
en un ejercicio voluntario (el de aprender a pedalear por ejemplo), de aquellos
que en la madurez no se repiten, acontecimiento improductivo,
el conocimiento por el conocimiento, tal vez el poder hacer algo, sin yo saberlo,
ejercicio sano, sin molestias, como el de los arboles,
que crecen fuertes y apuntan al infinito,
Esquivando las baldosas carcomidas del suelo, envejecidas por su uso como ese abuelo que transita que esconde su angustia y su soledad,
haciendo girar el volante,
correr como lo inmenso,
y sin embargo ser diferente, oscuro,
con los demás niños exaltados por el color de la noche a llegar que se presiente, y significando poeticamente con otras familias vanidosas que simulan ser hogares estructurados y devolviendo al cielo la posibilidad de vivir en sus conmmociones,
en el espacio donde estabamos todos con nuestros delirios de grandeza,
toda una legislacion diferente para pobres
enajenándonos los unos a los otros, y nuestras diferencias en intereses,
desconocimiento e imposbilidad de acercarse unos y otros, construyendo
tejados de papel y segregacion por grupos y clases,
plazas y mercados donde se sufre también como cuando no habia nada que desayunar,
como en aquella predicción falsa, prevision de marginalidad alienante, con los niños
que al parecer sabían mas de razas y colores,
para sus sadismos sin importancia,
El sudor por la frente y como el maullar de los gatos buscar curso para ver
la plazoleta ardiendo de gente, los padres de los demás sonrientes,
y la abuela que parecía joven, sus mejillas blancas
perdían su color de nácar y volvían con prisas al rojo,
nos habíamos olvidado todos ya
de la asistenta social, del dinero y los dolores,
bajo la norma de esas esteticas nuevas del dia a dia,
yo no sabía nada de oficios pero si de esfuerzos, yo veía pasar gente que se sonreia,
la abuela adelantaba una pierna para volver sobre nosotros con una sonrisa cualquiera, entre el amarillo del sol de la tarde,
después del descanso, era inmensamente feliz
y yo escuchaba y seguía mi tejemaneje pedaleando,
el bullicio rondaba y el sol lucía colores mate y alegres,
pedaleando miraba hacia arriba como en aquel cuadro de Miró,
el niño y el perro, el niño y el sol, la comunión, el amor,
hacia el rojo y el círculo, cuando niño,
sin saber, marca BH,
mi bicicleta,
y pedaleaba, y caía al suelo, a la arena inmobil, sobre tierra nuestra, la mejilla marcada,
insistiendo en apretar los dientes, insensatamente,
y levantarme y volver a intentarlo,
yo el niño, el niño con heridas,
y allí estaba la mama: ¡levanta, ánimo, esperanza nuestra!,
acababa de salir de la cárcel la mama,
yo no me imaginaba ese estado vertiginoso,
no conocia esas sombras, esas crueldades, miraba a los niños,
me parecía que los demás sí sabían de bicicletas,
y volver a caer, y levantarse, sin saber que este movimiento
iba a ser eterno, un juego del sino de la vida, de la vida que no se repite,
tal vez, sin yo saberlo,
como se repite ese preciso movimiento, del caer, del levantarse,
del haber perdido ya algo,
yo no sabía nada, esa familia,
en esa ciudad de cemento y entre tanto grito y agravio, en esos poemas introspectivos que nacian
entre alucinaciones celestes,
yo pedaleaba, no veía las llamas de fuego,
cayendo como una bestia, como un animal que sueña
tal vez como un niño,
sin yo saberlo, entre miradas desconocidas y entusiastas
de aquella tarde incomprendida, entre momentos
de descaro y de placidez, de las madres y las abuelas,
de la locura y la infancia, del delirio
en sí mismo.Al final aprendes,
al final pedaleas.
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