Yo no soy mi ser ahí, ya que el ente de nadie no es para sí. Sueño con todos los conceptos prójimos, sin decidirme cual negar y dejar espacio a las admisiones sobre melancolías puras. Lo ente se me manifiesta en su multiplicidad y no todo subsiste a la dialéctica entre lo que se manifiesta en su arbitrariedad y el Yo (nosotros) puro. De esa multiplicidad soy aquello que se acerca al cielo y a Heliogàbalo. Tú estás ahí conmigo, en esos momentos en que el discurso está fuera de lugar, en el mismo lugar donde se muestra lo divino, donde una creencia no es utópica y hay reductos religiosos, litúrgicos, los átomos sobrellevan su baile dionisíaco, se abre en sí un abismo para sí lleno de preguntas metafísicas, sobre el fundamento del abismo, no sobre el ser, que respondemos para sí, y yo objeto sin ningún tipo de gradación en su complejidad, nos devuelven sorpresivamente a la pura inociencia y quiebran lo cotidiano para nombrar y advenir un fenómeno sin causa en un tiempo del que apenas importa su magnitud y herramienta.
Es posible que no sea posible, aún sabiendo que nuestro más allá puede acabar cerrándose en un círculo vacío en el que no tenemos conciencia de limbo pragmático, como si saliéramos juntos de un polígono industrial, a punto de fallecer, o bien muertos, sin el recuerdo apenas de esa postal navideña o familia que nos nombra y designa en su ridiculez. Él era así, ella era un ángel. Puede que el fenómeno de la muerte esté lleno de almas, donde sólo importa el proísmo y lo ente. Pero en vida, un poeta es un suicida de lo ente. Un filósofo necesita su locura para abstraerse de lo ente y orientarse hacia el objeto de su analisis, vacío de equipaje, introducir los conceptos como un enajenado y luego pulir y limpiar cual si se tratara de un palacio que debe quedar reluciente. Aún así queda expuesto a la prueba del tiempo que todo lo erosiona como el viento bate las esfinges. En resumen, tu ser ahí y el mío se relacionan en una prueba de atracción o repulsión, se van acondicionando juntos sin egoísmo y dada su inevitalidad, las estrellas son lámparas naturales, que al mirar su propia luz reflejada en las pupilas dan el orden de lo sensible en cuanto emotivo, juntos nos miramos el uno al otro en nuestra mutua fascinación de lo ente y calor y apenas hay que esforzarse por hablar o entablar una conversación inutil sobre tal o cual orden de cosas, fuera como hablar del tiempo que pasamos en el labavo, un esfuerzo inútil en la mayoría de casos.
Cuando nos referimos al ser, en cuanto lo que eres o soy, nos dejamos alucinar y llenar el vacío ontológico por todos los atributos, reales o ficticios, como un niño que se admira de todos los juguetes en su noche de Reyes Magos, son atributos únicos e irrepetibles en el tiempo, y de cada uno de las proposiciones que presupone un observador que devuelve cada atributo, para llegar a la conclusión de lo eterno del nosotros, entre todos los atributos y premisas dadas, en su consiguiente locura, ya que los atributos en el amor son incontables y el orden de las premisas son el día a día y se manifiestan en el tiempo, solo queda admirarnos de nosotros mismos y contemplar nuestra obra del mismo Helios que nos ha creado a su imagen y semejanza en el mismo cielo, donde el prosismo de nadie poco importa. Para el amor profundo o el recogimiento de brazos, la danza del drama, lo ente no recuerda, olvida como un tirano, la poesía de tus ojos azules es la única medicina, el sueño de lo que contempla, la imagen de quien escucha.
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